José Luis Infante,  ex-alumno de la Escuela Waldorf de Lima-Perú, tiene 44 años y vive en Barcelona. Su principal proyecto es caminar y explorar las ciudades.

Cuando conocí a José Luis Infante me comentó que había estudiado en una escuela Waldorf. Entonces le dije: “me encantaría conversar contigo y de tu experiencia”. En esta entrega concretamos la idea.

¿Cómo se llamaba tu escuela? ¿Tus padres tenían alguna motivación especial para que estudiaras allí?

Estudié en la Escuela Waldorf de Lima-Perú, estuve algunos años en la escuela tradicional y comencé en la Waldorf cuando tenía 9 años.

Mis padres son pedagógos y psicólogos y buscaban una escuela alternativa a la educación tradicional. Coincidió que cuando se inauguró la Escuela Waldorf en Lima, mis padres -junto a un grupo de educadores- estaban desarrollando una escuela con una línea pedagógica alternativa, inspirada en la pedagogía de Nathalie de Salzmann de Etievan. Pero, por mi edad, no iba a ser posible que yo recibiera esa educación, cosa que mis hermanos si tuvieron. Por esta razón, me matricularon en la recién inaugurada Escuela Waldorf de Lima.

Hay que decir que en aquella época, en la década de los ’80, casi no había escuelas alternativas en mi ciudad.

Mis padres hacían una hora de coche para llevarme a la escuela.

¿Qué hacías un día en la escuela?

Puedo decir que a nivel teórico, casi todas las asignaturas estaban relacionadas con el tema del mes, con el bloque mensual. Por ejemplo, durante un mes se trataban todas las asignaturas relacionadas con el bloque de Historia. Todo se integraba alrededor de un bloque.

A nivel práctico, había una interacción que te ayudaba a introducirte en el día de la escuela. De qué manera:

Cuando llegábamos, nos saludaban uno a uno, estrechaban nuestras manos y nos miraban a los ojos.

Antes de entrar en materia, cantábamos, caminábamos cantando, recitábamos versos, tocábamos flauta, etc. Intentaban que la experiencia fuera corporal-orgánica.

Recuerdo que los libros eran blancos. Nosotros íbamos construyendo nuestros propios libros… iban teniendo nuestras letras, nuestros dibujos, nuestras emociones. Ibas construyendo tu propio camino.

Los cursos complementarios incluían: música, expresión corporal-euritmia. En euritmia estábamos vestidos con túnicas de colores y hacíamos letras con el cuerpo. Recuerdo que siempre había una obra de teatro en proceso.

También había una huerta; hacíamos cursos de panadería; tejíamos medias, bufandas; hacíamos pintura; educación física.

Los talleres de oficio eran principalmente: cerámica, carpintería, música. ¡Yo sé teoría y solfeo!, puedo leer partituras.

Cuando te castigaban, lo que entendemos por castigar, te mandaban al bosque a cortar leña.

¿Recuerdas a qué edad aprendiste a leer y a escribir?

Sí, y fue completamente a la manera tradicional. Tengo recuerdos de cuando hacia caligrafías, de poder escribir mi nombre. Recuerdo la magia de poder leer, de poder interpretar las letras…. Para mí era poder interpretar el mundo.

¿Había mucha diferencia entre la educación inicial, la primaria, la secundaria?

La Waldorf tiene una arquitectura pensada según la edad del niño. Por ejemplo, hay muchas maderas, casi no hay metal, no hay ángulos rectos, todo es redondeado. Usan las teorías del color asociada a la edad, cada aula de edad tiene un color.

La secundaria era más experimental, habían muchos experimentos… Recuerdo las poleas en el centro del aula.

En secundaria, empezabas a hacer cosas de las que tenías más inquietud. Te daban la opción de repetir clases y ahondar. Mientras que en primaria era como un nido; se celebran muchos las fechas, se encendían velas, incienso.

En secundaria el aula era diferente. Los profesores -a veces habían dos profesores- estaban en medio del aula, junto a la mesa central donde se colocaban los experimentos; detrás de ellos, la pared y la pizarra. Y nosotros estábamos distribuidos alrededor, como en una gran escalera que iba creciendo; así todos podíamos ver.

Habían muchos debates.

La física se experimentaba… se hacía.

Tanto en infantil, primaria y secundaria había mucha luz natural.

¿Cómo era tu relación con el mundo exterior?

Realmente nunca sentí que había una diferencia con los niños que iban a las escuelas tradicionales, y creo que es porque tuve la suerte de vivir en un barrio donde todos iban a escuelas tradicionales, y allí podía estar en contacto con lo que pasaba en otros sitios.

Llegaba a mi casa y en las tardes jugaba al fútbol. Alguna vez me preguntaron: ¿hiciste esa bufanda? Yo respondí: sí. Ellos rieron, y yo también. Nos reíamos todos, y allí acaba la historia. Pero es cierto que yo era el niño que estudiaba en la escuela Waldorf.

Creo que en la Waldorf la línea era incidir que no hubiera competencia. Por ejemplo, no había pelotas de fútbol para que no compitiéramos entre nosotros. Y también me han enseñado a no juzgar… ¡Yo no tengo filtros!

¿Decidiste hacer formación universitaria? ¿Cómo fue el paso a la universidad?

Sí, decidí ir a la universidad, pero no quería. Creo que fui por la época en la que vivía… era lo normal. Me preparé seis meses de manera memorística, realicé el examen para entrar en la universidad y entré. Me inscribí en Bellas Artes. Luego lo dejé; me fui a un instituto para hacer Comunicación.

Puedo decir que aunque en la Waldorf no me incidieron en lo memorístico, luego al ingresar a la universidad, puede constatar que podía hacerlo perfectamente.

¿Tienes hijos? Te gustaría que estudiarán en una escuela Waldorf?

No tengo hijos. Pero te digo que de tenerlos sí me gustaría que estudiarán en una escuela Waldorf… pero con el matiz, que al día de hoy siento, que tiene que ser una escuela Waldorf donde debe haber un refuerzo para lo que viene… Que den herramientas para el mundo exterior.

No sé cómo es ahora, pero reconozco que al salir del colegio te choca. ¿Recuerdas que antes te conté, que tuve la suerte de vivir en un barrio donde jugaba y compartía con niños que iban a la escuela tradicional? Esto fue una gran suerte para mí.

¿Fuiste feliz en la escuela? ¿Te sentías acompañado? 

Muchísimo, fui muy feliz. Agradezco a mis padres haber crecido en ese entorno. Me sentía muy acompañado… los tutores te hacen un seguimiento muy intenso. Y es algo especial, ya que yo y todos mis compañeros, tenemos recuerdos agradecidos de los profesores.

Habían límites y sabían ponerlos de manera saludable. Ellos sabían cuando le hablaban a tu diablillo, a tu niño travieso. Los profesores te ponían límites sin tocar tu autoestima, y para mi, desde este lugar, los límites eran fundamentales.

¿Tenías algún juego en especial?

En este momento no recuerdo ningún juego en especial. Lo que sí recuerdo, es que me gustaba fabricar cosas, inventar cosas.

Volviendo al tema de los límites, el “No” negativo te coacciona la autoestima y esto es importantísimo. Es la diferencia entre una buena educación y no simplemente una educación contestataria al sistema. Me sabe mal, ver, que hay toda una generación de jóvenes extremadamente sobreprotegidos y con cero tolerancia a la frustración. Creo que un “No” bien dicho puede ser muy saludable. Esto se nota cada vez más en diferentes ámbitos.

Así, poco a poco, se fue terminando la conversación;  él mencionando el tema de los límites y el “No”… se conectó con ello, con la reflexión entorno a los límites: qué significan, cómo son en la actualidad. Y hablamos de seguir trabajando este punto en el futuro.

Me encantó conversar con José Luis Infante. Le agradezco que haya compartido con nosotros sus vivencias, los tesoros que nos trajo, y el café.

/MAA/

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